Soy un investigador y creador nómada e interdisciplinario. A través del movimiento permanente busco evadir los regímenes disciplinares y escópicos que condicionan la mirada. Actualmente resido en Belo Horizonte, Brasil; antes viví en la Sabana de Bogotá, crecí en una familia antioqueña y nací en Bucaramanga. Psicólogo de formación, magíster en Políticas Públicas y doctorando en Artes, soy también fotógrafo por vocación. He recibido becas y realizado trabajo fotográfico en Brasil, India y Colombia. Mi investigación se centra en los efectos del extractivismo mineral en la configuración de los paisajes.
Esta serie indaga en la forma en que el polvo mineral, los residuos de explotación y las propias piedras preciosas se sedimentan sobre los paisajes mineros, transformándolos en superficies veladas donde lo visible y lo oculto mantienen una tensión constante. Las imágenes revelan un paralelo entre las cicatrices que la minería deja en la tierra y aquellas que se imprimen en la representación fotográfica: el material extraído termina por colonizar su propia representación.
En regiones como el occidente de Boyacá (Colombia), Minas Gerais, Bahía y Goiás (Brasil), la extracción de esmeraldas ha reconfigurado históricamente no solo el territorio, sino también las dinámicas que lo habitan. Más allá de su dimensión económica, este fenómeno responde a una lógica en la que el paisaje es reducido a su capacidad productiva, mientras otras formas de relación con el espacio son desplazadas. La esmeralda, elevada a símbolo de opulencia, encubre así las transformaciones y conflictos que su explotación genera.
Propuesta estética que convierte el paisaje esmeraldero de Colombia y Brasil en un archivo vivo de conflicto y resistencia. Cada montaje, cada encuadre y cada intervención digital actúan como una capa añadida al palimpsesto del paisaje, en una reescritura permanente capaz de visibilizar la persistencia de los regímenes coloniales de representación y, a la vez, de interrumpirlos mediante asociaciones no lineales, desvíos y superposiciones críticas. La fotografía no funciona como ilustración de un relato previo, sino como un acto que rearticula las relaciones entre tierra, cuerpo y mirada.
El trabajo explora esta condición a través de imágenes donde el polvo actúa como un filtro, una capa que, al opacar, revela. La materialidad del proceso extractivo —con su carga ecológica, social y política— se hace presente en la superficie fotográfica, invitando a una reflexión sobre los modos en que la explotación deja su huella tanto en el territorio como en su representación.
Esta serie captura momentos de la vida cotidiana y ritual, enfocándose en las figuras de espaldas: sujetos que avanzan, rezan o trabajan, sin mostrarnos su rostro, como metáfora del desplazamiento y del nomadismo contemporáneo. La perspectiva trasera invita a la reflexión sobre la atención y la concentración, destacando la presencia activa sin imponer la mirada del observador. El uso del negativo fotográfico refuerza la idea de lo que se deja atrás, de la memoria invertida y de los rastros que permanecen aunque invisibles. Cada imagen es un acto de desapego: lo que se registra es tanto presencia como ausencia, movimiento como quietud, memoria como olvido.
Un territorio donde el hierro devora el horizonte. La mina a cielo abierto se expande como un cráter inagotable, y en su interior, casi una ciudad entera se levanta, hecha de polvo y metal. El ferro está en todas partes: en el aire que se respira, en la tierra que se pisa, en los muros teñidos de rojo.
Los árboles, parecen ahora forjados con ferro: sus troncos se endurecen, sus hojas se oxidan, y en sus ramas se posa el mismo polvo que cubre techos y pieles. La vida cotidiana transcurre bajo un cielo impregnado de partículas metálicas.
Los cuerpos se vuelven porosos al óxido, y la memoria se impregna de un brillo opaco, inacabable. Allí, cada gesto está marcado por la lenta metamorfosis del paisaje: la ferromorfosis, donde la ciudad y la naturaleza misma se convierten en mineral, y el polvo de ferro funda una nueva piel común.
Esta serie fotográfica se adentra en la Quimbanda, en la casa de Tranca Ruas e Maria Padilha, del sacerdote Ertsem Said Junior, en Belo Horizonte. Se trata de una religión de origen africano en Brasil, presentada aquí como un universo de imágenes donde lo visible y lo invisible se entrelazan.
El trabajo se centra en dos elementos fundamentales de su práctica ritual: por un lado, las incorporaciones, momentos en los que los fieles reciben a sus Exús —espíritus de poderosos muertos, tutelares y personales que guían y protegen—, revelando en sus gestos, cuerpos y miradas la intensidad de una presencia compartida; por otro, el calderón y las ofrendas que acompañan los toques de Quimbanda, condensando la materialidad de la fe en fuego, humo, bebidas, tabacos, comidas y colores que sostienen el vínculo entre vivos y muertos.
Lejos de un registro meramente etnográfico, esta propuesta busca generar un palimpsesto visual en el que la fotografía deviene mediación poética: fragmentos de cuerpos en trance, rostros atravesados por el misterio, objetos impregnados de fuerza ritual. Cada imagen explora la tensión entre lo íntimo y lo colectivo, lo secreto y lo expuesto, poniendo en escena un paisaje espiritual donde los Exús se hacen carne y el calderón arde como corazón de la ceremonia.